Critics

Alberto Montoreano Pintor Transhistorico.

Por Jean-Paul Gavard-Perret (Maître de Conférence en Communication à l´Université de Savoie. Febrero 2010


Generalmente Alberto Montoreano es considerado un pintor surrealista pero, sin embargo, esto sería minimizar su aporte ya que esta hipótesis reduce su orden visual. Montoreano excede la pertenencia a una escuela determinada.

Admitamos que este artista argentino se deja llevar para poder comulgar con el ritmo del tiempo y el espacio. Su pintura los abarca como se abraza a una amante. Pero el amor que el artista dedica a la pintura o a los seres, se distancia de las vagas teorías del azar objetivo que el surrealismo desarrolla sobre el tema; al menos en su versión francesa.

En el caso de Alberto Montoreano, la pintura otorga ante todo la pura contemplación de su propio lenguaje. Desde ese punto de vista, casi es más suprematista que surrealista. Entregarse a ella es a la vez fuente de placer y de angustia porque nos conduce hacia el placer del descubrimiento de figuras que escapan a todo dato objetivo de representación. Presa del imperativo de su lenguaje, la pintura crea un cuerpo que, paradójicamente, trasciende las épocas por efecto de la abstracción o de una erosión particular.

Decididamente contemporánea, su obra nos recuerda, sin embargo, tanto la gran época del barroco español como algunos aspectos de Bacon. Se percibe una dimensión mística, sin que por ello se pueda sentir la presencia de un Dios en particular. Quizá sea esta la manera que encuentra Montoreano de reparar el tiempo, de suspenderlo y de interrumpir o encauzar la muerte que se repite en cada aparición de un nuevo momento estético. En síntesis, diremos que el pintor argentino más que surrealista es transhistórico.

Para la elaboración de su trabajo, se diría que el artista se pone en un estado de no ver más. Y, también, que su ojo traspasa al otro lado de la tela como para pasearse fuera de ella antes de que surja en la tela esta gracia particular compuesta por risas, muecas y un toque religioso. Se trata entonces de contemplar lo creado para pedir esa gracia arrogante y divertida. Conviene observar para abandonarse a esta gracia particular y sentir que ahí se juega el “yo” de la pintura muy por encima de una simple manipulación surrealista.

Digamos también que sin duda resulta más prudente no intentar develar el misterio de estos cuadros. Es cierto que no poseen propiamente un cuerpo, pero de él nacen para que entonces surjan lo vivaz y lo virgen. Montoreano nos desliza entre bellas sábanas, pero estas no cubren nada. La imagen, más que una superficie, se transforma en un cuerpo que devela una emoción desconocida y compleja.

El pintor hace hablar a las líneas y a los colores. Fuera de todo lenguaje convencional, el suyo se vuelve libre y ligado a la energía desplegada para contar historias de las cuales no se sabe nada. Solo se descubre el eje de las vidas que oscilan a través de la luz. Alberto Montoreano nos hace comprender que la vida es el instante. Pero subrayando la diferencia entre el instante de vida y el Instante pictórico necesario para ir más lejos, para deshacer y rehacer el mundo. Es la manera de alcanzar la luz por medio de la gracia de la representación.

El argentino capta el movimiento presente en la inmovilidad. Entre el gesto y su fijación, siempre hay un batir de alas o un murmullo de ellas. Se percibe, entonces, aquello que Beckett supo expresar tan bien: “no la cosa de la cosa, sino la cosa de la imagen”. Ver lo visible no basta. Hay que ir más lejos. Ya no ver como percibimos habitualmente, sino distinguir lo que percibimos cuando la pintura nos mira para poder aprender lo que significa captar el carácter fugaz de lo real.

Las telas convocan nuestra mirada, nuestro pensamiento, nuestro impensable. Se curan del tiempo para lograr crear una eternidad particular. Dios y la nada encuentran como respuesta estas formas escurridizas. Abandonamos tierra firme y por un tiempo la duración. Las telas devienen –por una suerte de transferencia- en cavernas de nuestro cerebro. Hay que mirarlas con los ojos cerrados. Pensemos en el tema que proponen, no en el desarrollo fotográfico sino en el desarrollo algebraico. Aquel que pone al día en una serie, todos los términos que contiene. Pensemos también en el desarrollo geométrico. Este último permite aquí visualizar sobre un único plano los diversos lados de un mismo volumen que nunca termina de jugar con la luz.

 


“Peace far from here”  “Paz lejos de aquí”

Publicado en la edición de ARTisSpectrum (New York Magazine). Junio 2011


Alberto Montoreano esculpe el espacio de su lienzo con tanta habilidad y sensibilidad que nos encontramos mirando dentro de sus bóvedas de humo en espacio abierto, con temor y reverencia. Aun cuando su trabajo es abstracto, obtenemos una idea de vastas dimensiones. Sus paisajes son de ensueño y parecen estar al borde de fusionarse en sensaciones subconscientes. Esas formas etéreas a menudo nos transportan a un reino de abstracciones dinámicas. El está pintando dentro de un lenguaje visual que va directamente a nuestras asociaciones inconscientes, y esto, junto con su hábil uso del color para atemperar el estado de ánimo, nos invita a explorar los mundos que la pintura nos abre. La técnica del artista consiste en el automatismo, ya que él trata de activar específicas reacciones sensoriales en el cerebro. Con este tipo de exploración, él desarrolla nuevas formas de destacar ensueños, esperanzas y fantasías para que puedan penetrar en su trabajo. Su técnica produce  sorprendentes resultados, sus nubes son, al mismo tiempo, potentes y fantasías para que puedan penetrar en su trabajo. Su técnica produce  sorprendentes resultados, sus nubes son, al mismo tiempo, potentes y delicadas, evocando fenómenos naturales y también, más importante aún, condiciones psicológicas o espirituales. Alberto Montoreano es también altamente espiritual. El considera al cielo como su sabio maestro y se desprende claramente de su trabajo que para él el cielo es su musa y él toma posesión de ella, y lo afirma, como solo un artista puede.

 


"La capa de ozono". "The ozone Layer".

Publicado en la edición de ARTisSpectrum (New York Magazine) Nov. 2011.


El cielo es un maestro sabio. Mirándolo y apreciándolo se puede ver el reflejo de la vida”. El pintor ha aprendido mucho mirando y apreciando el cielo y ha empleado eficazmente lo que ha aprendido en sus obras de ensueño que podemos llamarlas únicas.
Hay un fuerte sentimiento de aire y espacio en estas imágenes. Remolinos de nubes a través del aire o alrededor de seductores borrosos paisajes. Montoreano es un maestro en el empleo de la pintura blanca en una variedad de formas para describir las nubes, para crear una sensación de niebla colgando en el aire, ó para infundir sus pinturas con luz y dimensión dándole a la atmósfera peso y forma. Pero sus fuerzas como colorista no están limitadas a su habilidad en el manejo del blanco. El tiene un sólido conocimiento de cómo usar colores para enfatizar sus imágenes, representando brillantes destellos azules en un, de algún modo, silencioso cielo, o rojos vibrantes contra un telón de fondo de sutiles brillantes marrones.
Montoreano también trabaja en los límites entre la representación y la abstracción. Algunas de sus imágenes son casi fotográficas en sus detalles, mostrando cielos y tierras realistas. En otras, fantasmales seres envueltos en jirones, en mechones, surgirán de orígenes misteriosos. Sin embargo, lo que une todas estas imágenes es el palpable efecto físico que él crea, no importando cuán abstractas se vuelven sus composiciones.

 


Pintar contra la lógica.
El Inquietante estilo de Alberto Montoreano.

Ernesto Molina. Director y Crítico de Arte.


Una intensa sugestión tiene la muestra del pintor Alberto Montoreano en la Galería Lagard, donde exhibe una veintena de óleos realizados con una técnica impecable. La obra de Montoreano oscila entre lo figurativo y lo no figurativo, en un constante movimiento pendular entre cuyos polos relumbra un universo fantasmal descrito con notable precisión. La ambigüedad de las figuras que, contra toda lógica, son y no son al mismo tiempo, producen un efecto inquietante obligando al espectador a tomar parte activa y comprometida a lo largo de todo el acto de la contemplación. Esa condición caleidoscópica de la pintura de Montoreano es uno de los elementos que más impresiona en todas sus obras, plenas de criaturas y objetos oníricos, que parecen auto generarse a través de un movimiento que no cesa nunca. En medio de cabezas que giran, rostros que se deforman y velos que se esfuman, las extrañas figuras parecen devorarse a si mismas como las formas hipnóticas y caprichosas formadas por el humo. Huelga señalar que los cuadros de Montoreano no son “bonitos” a la manera convencional. Su belleza es mucho más honda y, como en algunas obras de Goya o de Francis Bacon, puede llegar también a ser perturbadora.

 


Pintar la ironía.

Por Alan Pauls.

A juzgar por los efectos que despiertan las obras de Montoreano, resulta imposible no advertir sus inquietantes virtuosismos cromáticos, llenos de violencia y sensualidad. Su tumultuosa concepción formal, devota de los contornos equívocos y de un vertiginoso movimiento y la impetuosa carga tal vez emocional que retorna en sus contenidos. Las obras de Montoreano son retratos desfigurados por la ironía y el ejercicio deliberado del sarcasmo. Sus figuras parecen sometidas por un doble proceso; el de la representación propiamente dicha, a las que las pinceladas acceden siempre por sucesivas cadenas de hallazgos y nunca por premeditación y la operación suplementaria que consiste en burlarse de esa imagen, corroerla por medio de manchas irrelevantes, disolviendo los contornos de un cuerpo, o eligiendo títulos de un humor lindante con el surrealismo. Efectos de humor, efectos de movimiento, pero también efectos de horror.


La Profundidad De La Sugestión

Cesar Magrini. Crítico de Arte.


Imágenes fantasmales que difuminan sus contornos en un juego de luces irreal y donde es justamente la luz el elemento que desempeña un papel preponderante en cada cuadro (una luz huidiza, fantasmagórica), pespuntean de magia las diversas telas, las tornan irreales, polivalentes, sujetas a interpretaciones sujetivas, pero no carentes de fuerza en cuanto a sus efectos, de amplia sugestión en cuanto a su recepción. Gran colorista, Montoreano parece manchar (en su sentido más alto) la tela, y a partir de allí, ejercer una especie de taumaturgia, difusa pero no confusa, con respecto a las mismas. Hay en ella alguna influencia ajena,- la de Bacon, tal vez,- pero curiosamente y en lo puramente personal, me llevan a pensar en un Boldini que pintase en nuestros días y que inclinase por lo espectral. Un hechizo, un sortilegio de seguros efectos surge de ellas, apresa al espectador, en tanto lo persuade con sus alusiones. En el variado panorama de las exposiciones visitadas, la de Montoreano se impone por su elusividad, por su doble sentido, por algo que sería erróneo tomar como indefinición, ya que se trata de una toma de conciencia, de una actitud lúcida, que encuentra, precisamente, en el equívoco de los ámbitos que evoca a su más elocuente justificación.

 


Montoreano o La Deliberada Ambigüedad.

Arturo M Zamudio.


Ya la antigüedad describió los instintos con pezuñas y cuernos. Al romanticismo, más adelante, se liga el rechazo del hombre racional y la exaltación de un cierto ser cuyo seno aplastan los afeites de la civilización. Quizá el Mr Hayde, de Stevenson, sea su ilustración más cabal. Tal vez si observamos, a la par, con los ojos abiertos, las líneas y contornos que vienen con el sueño, el espectro obtenido tenga el aspecto fantasmagórico que da a sus telas Alberto Montoreano. Hay algo en ellas del Dyonisios mítico, de los sátiros y la fusión de un ser sin afeites; algo de Goya con sus desplumadas huestes y, no es difícil, el Marc Chagall de los primeros días de Dadá. Sacar a la luz, preocupaciones, dolores y miedos acaso presente esas figuras desprolijas y horripilantes cuya identificación preocupa a los críticos. ¿Quién podría rechazar, realmente, la aptitud animalizadora, mediante la sola descalificación científica de la teoría del “hombre y la bestia”?.

EL CAMINO IMPREVISTO.
Una figura nocturna amenazante, el recuerdo que no se quiere o los dibujos en “las galerías del horror” del Parque de Diversiones, resultan analogías apropiadas para abordar las realizaciones de Montoreano. La frenología creyó que las virtudes del hombre se transparentaban en el rostro; el hombre terrible debía ofrecer, por lo tanto, un semblante tan horroroso como el personaje que cargaba con él. Para el surrealismo, adicto al grotesco y al automatismo, no había de ser extraña la convicción bestial que supone, siempre, un mal congénito y la cierta predisposición innata. El grotesco, en fin, exaltando y deformando ciertos ángulos de la realidad, estuvo cerca de la frenología, del satirismo y de los terrores románticos. Pues el grotesco distorsiona situaciones y cosas, y más la expresión que el perfil; y en suma nos lleva a ver buena parte de las horas angustiosas que ha atravesado la era contemporánea. El afán de reducir la tierra a su mínima expresión; el desintegrarla terrón a terrón, tan cara al Aniceto, de Louis de Aragón a “La Coq” de Marc Chagall o al orfismo de Apollinaire, se hallan en un plano de perspectiva única con el grotesco, cuyos hallazgos en el cine alemán de entreguerras no necesitamos recordar. Agregando la calidad exquisita de sus pinceladas y su sorprendente manejo del color, Montoreano ha tenido el mérito de poner el acento sobre tales hipótesis. Sus figuras resultan intraducibles para la lógica corriente. Onirismo, en resumen, grotesco, fantasmagoría como en los tiempos de “la belle et la bête”. Un doble ser que sale de noche y vive de día, pero que, de pronto, se apodera de las noches y los días de Alberto Montoreano.

Sorprende gratamente la labor de Montoreano. Asume una actitud propia de cálida materia e imagen surreal. Son las suyas figuras fantasmales, de colorido vibrátil y como desflecadas,- con soltura,- en el espacio.